Capítulo 6º:
La joven humanidad
Imaginad, majestad, que me amputo el brazo y me injerto una pinza mecánica. ¿Sigo siendo yo?
¿Y si sustituyo mi corazón por una potente bomba hidráulica? ¿Sigo siendo yo?
Digamos, entonces, que transformo todo mi cuerpo en una máquina y sólo me queda el cerebro. ¿Sigo siendo yo?
Sí, sí y sí.
Ahora, digamos que, en lugar de hacer todo eso, decido alterar mi ADN. Entonces ya no sería yo. Ni siquiera pertenecería a la misma especie. Si hiciera tal cosa, majestad, prometedme que me perseguiríais hasta la muerte, pues habría profanado lo único sagrado que existe en el Universo: la esencia humana.
Nistvan 12, maestro de la soberana Margarita I. Año 480 e. D. Magna ORIGEN
I
La humanidad yacía encerrada en un pequeño huevo azul, meciéndose en las agitadas aguas de la revolución tecnológica. Pequeña y vulnerable. Abrió los ojos y codició las brillantes gemas suspendidas sobre ella, de modo que se estiró y, con la punta de los dedos, rozó la superficie de la luna. Ese primer intento le hizo desestabilizarse. Cayó: aún no sabía ponerse en pie.
Después de lamerse las heridas volvió a intentarlo, más cuidadosa esta vez. Se levantó y bebió la energía de su sol antes de dar el siguiente paso.
En ese punto, la parte de la humanidad que en el futuro se llamaría Golem, y que no era consciente de su individualidad, se preguntó por esa otra parte de la humanidad que sería Bjornest, ¿Dónde se había metido? Se estaba perdiendo la presentación de la parte de la humanidad que seria el ministro de ciencia.
El tic-tac de la historia siguió su curso. La especie se desparramó sobre una docena de mundos próximos. Sin la tecnología de la enhebración, estaba más dispersa que nunca. Las trillizas Alfa Centauri; Tau Ceti, la gemela cósmica del Sol; la blanca Sirio; la roja Arcturus. Nuevos nidos del hombre a veinte, cincuenta, cien años de distancia unos de otros. El obvio resultado fue la división política.
Y de la mano de la división política llegó la desconfianza y, junto con ella... la guerra. El hambre, la muerte y la barbarie se apoderaron del sueño humano. Se olvidaron las estrellas y las galaxias, y sólo se acordaron de la fusión nuclear para alimentar las bombas estratosféricas. Nueve décimas partes de la humanidad pasaron a poblar las pesadillas de la restante. La extinción nunca estuvo tan cerca como durante esos años oscuros.
Pero con la luz del día llegó el final de la pesadilla. Y esa luz tenía un nombre: Alejandro I. Alejandro el grande, el fundador, el legislador, el padre; el nuevo dios. A bordo del primer enhebrador, unificó los planetas, los reinos y los ciudadanos bajo una nueva dirección, la misma dirección. Toda la especie, tirando en el mismo sentido. La humanidad volvió a mirar con curiosidad el cosmos, y se pregunto la razón de tanto vacío. Un abismo insondable, negro, amenazante como la oscuridad en la que se esconden los monstruos.
¿Y si había monstruos acechando desde esa oscuridad? ¿Qué seria de la joven humanidad? El velo de oscuridad podía envolver una amenaza tan grande que, ni siquiera bajo la guía de Alejandro o su dinastía, pudiera salvarse la especie. Sólo cabía una opción: debía dejar su estado infantil; crecer, extenderse de forma explosiva hasta ocupar por completo ese vacío y, así, convertirse ella misma en la oscuridad que temen los monstruos; pasar a ser la verdadera medida del Universo para asegurarse de que nunca volvería la guerra, de que seria tan grande que ninguna fuerza exterior podría oponérsele. Y aún más. De que seria ella la que dictara las condiciones, por la fuerza de su tamaño, y establecer, así, su Dominio: el Dominio humano sobre el Universo.
Mil doscientos treinta años han pasado desde entonces pero el objetivo no ha cambiado, aunque parece igual de distante. Primero las estrellas próximas fueron captadas. Después nebulosas, hasta abarcar la galaxia. Nuevas galaxias sustituyeron a las estrellas y, cuando las más cercanas fueron exploradas y colonizadas, aparecieron los cúmulos de galaxias para sustituirlas en el referente humano. Somos tan pequeños aún. Lo sabíamos cuando ocupábamos una diminuta estrella. Seguimos sabiéndolo cuando colonizamos una pequeña galaxia y, ahora que dominamos docenas de ellas, observamos con terror el supercúmulo de virgo que nos amenaza, gigantesco y tenue. Más terribles se muestran los supercúmulos de Centauro, de Perseo-Piscis, de Coma y de Hércules. ¿Somos lo bastante grandes para sobrevivir a lo que podría salir de esa madriguera?
En nuestro corto tiempo de vida hemos tenido la suerte de no encontrar ningún enemigo exterior. Pero no debemos dejarnos llevar por el optimismo. Quizás fuéramos la única vida avanzada en el cúmulo local, un cúmulo relativamente pequeño, pero abusaríamos mucho de las leyes de la estadística si quisiéramos creer que realmente no hay nada fuera de ese uno por millón del Universo.
Hace veinticuatro horas hemos experimentado, quizás por primera vez, el terror que puede suponer ese temido primer contacto de la mano de un desconocido piloto de lanzadera llamado Aliichi Worldfinder. ¿Dónde se produjo el contacto? ¿Hay peligro? De lo que no cabe duda es de que debemos prepararnos para, en caso de que haya una contienda, ganarla.
Ahora, más que nunca, es necesario mantener a toda la humanidad trabajando en el mismo sentido. Ahora más que nunca no cabe la disensión con el destino y dirección del Dominio.
La niebla de la presentación emsináptica comenzó a difuminarse, y Golem recordó que era Golem, que estaba en la sala oval del palacio de ciencia, en el planeta Magna ORIGEN, y que acababa de terminar la introducción. Se sentía mareado: después de haber sido toda una especie –aunque sólo fuera de manera figurada– su efímera individualidad era difícil de aceptar. Después de haber pensado en términos de escala universal, volver a moverse entre paredes parecía ridículo.
Entre las cosas que recordó estaba que Bjornest se había perdido la introducción, cosa que, a priori, no era ni siquiera legal. Sin duda, se habría encontrado algún problema a la hora de traer a Nekonome. Eso, o se había quedado dormido por el camino, visto lo mucho que necesitaba un descanso. Apartó la idea de su cabeza. Bjornest era experto en mas de mil técnicas manas-tana de auto-control físico y mental. Seguro que podría apañárselas para realizar su labor incluso dormido. Imaginó por un segundo una especie de sonambulismo lúcido. ¿Dónde estaría, en ese caso, la diferencia con la vigilia?
También le vino a la mente la advertencia de Lucasiano. “Todo lo que dirá Kalr Blackstar ahí dentro es mentira”.
¿Qué pensaría al respecto Primera? ¿Habría encontrado el engaño? Miró a su alrededor, buscando la melena rojiza entre el mar de cabezas desorientadas que todavía no se había recobrado del todo de la presentación. Desconocidos. Normales. Ajenos en todo a él. Un mar gris de hostilidad. Sólo durante la introducción se sintió unido a ellos como parte de algo más grande. Ahora, volvían a ser “ellos”. Antes de dar con la mujer, oyó la voz de Blackstar.
El ministro de ciencia se quitaba el aparatoso enlace maestro con el que, como un director de orquesta o un maestro de ceremonias, había generado las impresiones mentales que acababan de degustar. Si la experiencia le había agotado, nada dejo traslucir.
–Esta será la respuesta del gobierno al registro de Alíichi –dijo–. Alcanzará una magnitud cero en pocas horas. No es para menos: será de percepción obligatoria. ¿Y qué mejor forma que ésta de comenzar la reunión?
«Damas y caballeros. Dejen por un momento volar su imaginación. Cojan el percep de Alíichi y el mío y traten de comérselos al mismo tiempo. ¿A qué sabe la mezcla? ¿Qué vino acompaña? En resumidas cuentas, ¿qué significa todo esto que nos ha tocado vivir?
«Sabemos, porque lo hemos estudiado, que el registro de Alíichi es imposible. Durante mil doscientos años el hombre ha explorado el cosmos en busca de vida, sin ningún resultado. Hagan caso omiso a la presentación previa: es mucho pedir a la estadística que haya más vida en el Universo si, después de todo lo que hemos explorado, no hemos encontrado nada. Sí, he mentido.
La mente de Golem vibró con esas palabras.
–Esta mentira será la verdad para una magnitud de veintidós. Una verdad sencilla, fácil de entender, acogedora, agradable, tranquilizadora, apaciguadora, esperanzadora, pero a la vez excitante, vital, estimulante, provocadora e intrigante. ¡Hay vida más allá de la humanidad! ¡No estamos solos! ¡Seguramente son amigos! La calma, la paz y la espiritualidad recorrerán siete billones de planetas y confortarán trece mil millones de billones de corazones.
«¡Pero no es cierto, y nosotros debemos saberlo! Nosotros, el gobierno y sus agencias, somos los custodios de la auténtica verdad. Y no es una verdad agradable.
«Aunque nos pilló por sorpresa, ahora lo sabemos. Ha estado oculto a los ojos del Dominio, viviendo como una hormiga a lomos de un elefante; como una bacteria escondida en los intestinos de una ballena de Nueva Ceres...
«¡Acercaos, niños! Os voy a contar la historia del Planeta Errante. ¡Tened miedo! Todo lo que conocemos está a punto de cambiar.
«Cuando el hombre se encaramó a la luna y miró a lo lejos por primera vez; cuando sus hijos cortaron el cordón umbilical y comenzaron a arar los campos electromagnéticos; aquella vez hubo un pueblo –y lo tenemos documentado– que decidió vivir en un planeta errante, carente de estrella: indistinguible en el negro de la noche.
«De este pueblo sin nombre sabemos –y lo tenemos documentado– que alcanzó una maestría incomparable en la manipulación genética. Aunque todos los relatos, holos, vídeos y libros de esa época han sido destruidos, conservamos en secreto algunos perceps primitivos que corroboran esta idea. Los –llamémoslos así– habitantes del planeta errante o, si me permitís, errados, ya no eran seres humanos en el tiempo de las guerras.
«¿Cómo conquistar lo que no puedes ver? Imaginad que sois Alejandro I unificando los mundos. ¿Qué podríais hacer con el planeta errante? No está en ningún lugar en el cielo. No puedes localizar su estrella. Es un enemigo invisible. Lo único que podéis hacer es ignorarlos: no serán un problema, ya que no serán tan tontos para mostrarse a un enemigo implacable y todopoderoso.
«Esta historia secreta no se ha desvelado nunca. Sólo la conocemos el gobierno y, ahora los veinte mil agentes reunidos en esta sala. No es necesario que explique la importancia de que la historia siga siendo secreta.
«Hace casi veinte horas recibimos el famoso registro de Alíichi. Todos lo habéis percibido, por supuesto. Él nos dio la pista: el planeta al que llegó nuestro protagonista no estaba envuelto en la luz ni el viento solar de ninguna estrella: Sólo podía tratarse del Planeta Errante. Alíichi lo encontró y, a través de él, podemos averiguar dónde está para completar la conquista del primer soberano.
«Ojalá todo esto hubiera ocurrido hace diez años o, aunque fuera, sólo uno. El problema es que alguien ha llegado antes al Planeta Errante que nuestro amigo, Alíichi. Alguien a quien todos vosotros conocéis bien: CIMA. Durante siglos, esa organización ha sido la espina desafiante clavada en el Dominio, pero estaba aletargada y postrada, apenas coleante. Descubrir el Planeta Errante y su ciencia le dará –le ha dado– nuevas fuerzas para atacar a la sociedad.
«Ya no sois agentes anti-CIMA. Sois mejores, más sabios. Estáis por encima, y vuestra lucha es más antagónica que nunca. Ahora conformaréis una organización secreta llamada Abismo, para localizar y conquistar –y, si no es posible, destruir– el Planeta Errante.
II
Como el recepcionista negara haber visto a nadie más entrar en el hotel, Bjonrest se vio obligado a sacarle las tripas y rebuscar entre sus vísceras. Accedió a su registro de eventos rompiendo el sencillo nivel de seguridad de la máquina, y estudió los fríos datos. El recepcionista no mentía. Ahí, en una diminuta región de su cerebro electrónico, estaba la verdad: nadie había entrado. Ningún dispositivo policial, ningún comando militar, ningún agente ni espía. No, no había entrado nadie para llevarse a Nekonome. Había salido ella por su propio pie.
Bjornest se detuvo a considerar el asunto. ¿Qué podía ser tan importante o peligroso como para que una madre dejara a su hija tiritando de miedo en un ático, en la planta doscientos de un hotel-rascacielos, esperando que la cuidara un hombre al que no veía hacía diez años? Aquello rompía todas sus intuiciones sobre esa mujer.
Se sentó por un momento en recepción y aspiró el aroma de las plantas artificiales. Las miró un momento: eran falsas, por supuesto. Robóticas. Una planta sintética que podía crecer por su cuenta. Una obra de arte del pensamiento humano, y de la sustitución de la naturaleza. ¿Hasta qué punto se podía decir que esa planta artificial no estaba tan viva como lo hubiera estado un brote de bambú? La figura era fractal, un arbolito que emitía sus ramas en todas direcciones. Cambió de color en un instante, cuando Bjornest llevaba cinco minutos mirando. Azul.
–¿Te dijo tu madre adónde iría? –preguntó a la niña.
Ella negó con la cabeza. Libre, al fin, de la máscara, todos sus rasgos estaban a la vista. Los ojos, grandes y redondos, llenos de una extraña inocencia que, desde luego, no había heredado de su madre. La boca, contraída en una mueca de disgusto o miedo. Dos orejas, una nariz bien proporcionada: una niña, al fin y al cabo. Después de todo ese tiempo, debajo de la mascara siempre había habido una niña normal. ¿Para qué, entonces, servía la máscara? ¿Por qué ya no era necesaria? Pensó en la otra máscara, la de Nekonome, que estaba en la cama de la habitación. La mujer había osado salir a rostro descubierto, quién sabe si como un último acto de rebeldía. Por desgracia o suerte, el vídeo de recepción no había grabado en el ángulo adecuado para ver su rostro. En cambio, sí grabó lo suficiente para dar un rastro. Cuando la mujer salió del edificio, estaba esperándole un vehículo no automático. Pese a la ausencia de identificadores, Bjornest sabía que sólo la P-0 empleaba vehículos de esa clase en ORIGEN.
Estaba siendo difícil arrancarle más de una sílaba a la niña, pensó. Al instante se maldijo por este pensamiento. Futura había perdido a su madre. Estaba sola con él, todo un extraño. Con un poco de suerte, Nekonome le habría hablado de él. ¿Sabía ella que era su padre?
–¿No te dijo nada? A ver, sí te dijo que fueras al ático, ¿No? –ella asintió–, ¿Y no te dijo por qué?
–Dijo que tu vendrías...
–Debo hacer algo... ¿Dio alguna instrucción para mi?
–No. Bueno... dijo que...
–¿Qué?
–Que no la buscaras.
Aquello suponía una invitación a buscarla en toda regla. No, un ruego: debía encontrarla. Sólo se le ocurría una causa para ese comportamiento. Seguramente Nekonome debía tener una misión secreta para alguien de ORIGEN. Unió cabos.
Existía una persona con el conocimiento de que ella iba a estar allí ese día. Abduliván. Y éste también había desaparecido. ¿Estarían los dos en el mismo lugar?
Y entonces, sin venir a cuento, recordó la presentación de Kalr. No había asistido. Si se daba prisa, quizás lograra llegar antes de que se impartieran las ordenes más importantes. Pero, ¿cómo explicaría la ausencia de Nekonome, explícitamente requerida. Pensó en el ministro de ciencia, Kalr, con sospecha. No, él no debía de saber nada, o eso pudo deducir por su breve encuentro: se había sorprendido por la aparición de la mujer. Una de sus frases le vino a la mente: "Quienes trabajamos con Abdulivan no creemos en las casualidades". ¿Y él? Se dijo que tampoco creía.
Se levantó. No acudiría a la presentación de Kalr. Intuía que estaba sucediendo algo demasiado grave para posponerlo, que relacionaba a Nekonome y al primer ministro. Necesitaba respuestas de un gobierno en el que cada vez creía menos.
Reensambló con cuidado las diminutas piezas invisibles de la mente del recepcionista y abandono el edificio con Futura de la mano. La niña se le había pegado como una lapa. No era la reacción que cabria esperar. ¿Le habría hablado de él positivamente su madre? ¿O acaso Futura era excesivamente confiada, pese a haberse criado en una casa del crimen?
"Futura, yo soy tu padre". Por alguna razón, no pronuncio estas palabras. Sonaban hasta cierto punto ridículas. ¿Cuándo tendría ocasión de explicárselo? De momento, se contentó con agarrarle de la mano y llevarla consigo a la calle, hasta conseguir un auto-vehículo.
–Vamos a buscar a mamá, ¿De acuerdo?- la niña asintió, si bien eso contradecía las órdenes de su madre. "Sí", se dijo él. "Vamos a buscarla hasta que la encontremos y nos explique lo que está pasando".
Si no acudir a la presentación de Kalr llegara a suponer un problema, siempre podría encontrar alguna cláusula en los estatutos de la agencia para guardarse las espaldas. Es más, se dijo. ¡A la porra la presentación! No era momento de seguir el juego al ministro. Menos aún si éste estaba involucrado con la desaparición de Nekonome. Para ser un hombre que se valía de ellos, a Bjornest no le gustaban los secretos.
–Diga.Su.Destino.Por.Favor –pidió el piloto artificial del auto-vehículo
Rememoró el vehículo que se había llevado a Nekonome. Su primer objetivo sería ese edificio marrón con ínfulas de palacio que era...
–La sede de la P-0 –indicó, una vez se acomodaron en los asientos. El interior olía a la suave fragancia imperia, un olor artificial salido de un laboratorio. Tenía la extraña cualidad de relajar y focalizar la mente al mismo tiempo. En silencio, atravesaron los distritos verdes de la Ciudad Imperial.
P-0. Esa inscripción en su fachada era la única distinción que se permitía el espartano bloque para diferenciarse de otros edificios. Bjornest se detuvo antes de entrar. En alguna parte dentro de aquella selva de despachos y cuarteles podía encontrarse Nekonome. Afortunadamente, al tratarse de la policía de la Ciudad Imperial, cabía estar razonablemente seguro de que la tratarían de forma civilizada.
El agente a la entrada, un joven en perenne posición de firmes, seguramente recién salido de la academia, trató de impedirle el paso con evidente falta de práctica.
–No... no puede pasar.
–¿Y si paso? –Bjornest no estaba de humor para ese paripé–. Soy de la anti-CIMA –envió su identificador por onda corta al enlace del policía. Después de buscar el nombre del capitán de policía en la base de datos, añadió–. Debo hablar con el capitán Qusea.
–¿Y la niña?
–Estamos aquí por su madre. Tengo razones para pensar que ha sido raptada por la P-0 –demasiado directo, pensó.
–Eh... eh...– el joven estaba hecho un lío, de modo que Bjornest decidió ser compasivo y ahorrarle tener que explicar a sus superiores cómo les había dejado entrar.
Después de recostar el cuerpo dormido del policía en posición fetal, se introdujeron en el edificio engañando a la IA de la puerta. Atravesaron la planta sin complicaciones. Por alguna razón, cuando un agente cercano comenzaba a preguntarse qué hacían allí, le asaltaba un terrible sueño.
–¿Agente anti-CIMA? –graznó el capitán Qusea por entre las pilas de papeles amontonadas en su mesa–. ¡Menos mal que contamos con un anti-CIMA! Si no, no sabríamos literalmente qué hacer. ¡Tome mi placa, por favor! Resuelva el problema, que nosotros no sabemos ni por dónde empezar –Bjornest sospechó que bajo la capa de ironía, a Qusea le habría encantado ceder toda la responsabilidad al primero que pillase. Dado que había topado con semejante muro de hostilidad, decidió usar el pasadizo secreto que le ofrecía el enlace del capitán.
Aquella mente era de color rojo, adornada con espinas y calaveras. Se trataba de una típica manifestación de furia. Sólo eso ya era revelador: demostraba que la P-0 había recibido mucho trabajo en muy poco tiempo. Ante todo, Bjornest debía asegurarse de pasar de puntillas por esa mente; si su dueño le descubría, seguramente le echaría a patadas.
–¿Y a qué debemos el gusto? ¡No! ¿El honor? –terminó Qusea su perorata.
–Estoy buscando a alguien.
–Todo el mundo busca a alguien. La media naranja, la persona especial, mitad yin o como prefiera llamarlo. Pero somos sólo una agencia policial; me temo que no podemos resolverle ese problema.
Indagando más, Bjornest llegó a hacerse una idea clara de los últimos acontecimientos en ORIGEN: se habían encontrado micrófonos ocultos esparcidos por todos los palacios, incluso en los aposentos privados de los ministros. Ello apuntaba a que CIMA tenía espías infiltrados en la misma Ciudad Imperial. Con razón la P-0 no daba a basto. Casi todos sus agentes estaban buscando más micrófonos por la ciudad.
–No me ha entendido. Seré breve: tengo una grabación que involucra a la P-0 en un caso de secuestro –las palabras hicieron efecto en el capitán, que se quedó en silencio midiendo a su adversario–. La madre de esta niña, Alice 81, subió a un vehículo de la policía de ORIGEN hace escasamente una hora –conforme iba diciéndolo, descubrió que la mente del capitán estaba vacía al respecto. No, Qusea no estaba enterado de lo ocurrido. Aún así...–. Quiero conocer la tarea asignada a todos y cada uno de los vehículos de la policía en la pasada hora.
–¿Para qué? –se permitió preguntar el capitán, incluso cuando la P-0 estaba por debajo de anti-CIMA y, oficialmente, debía facilitar esa clase de información si le era requerida.
–El vehículo sin tarea oficial me dará la pista. Su conductor será mi siguiente testigo –la mente del capitán bullía. Ese hombre odiaba a los anti-CIMA y, especialmente, a Bjornest. ¿Por qué? Buceando más en su subconsciente encontró la respuesta, que el otro verbalizó:
–Me está leyendo la mente en este instante, ¿verdad?
Qusea se quitó el enlace coronal. Lenta, dolorosamente, como si amputara una parte de su ser. La puerta se cerró para Bjornest.
–¿Qué se siente? –preguntó el capitán–. ¿Qué se siente con todo ese poder? Poder para leer las mentes. Poder para manejarlas a tu antojo –se puso de pie, en actitud desafiante, las manos sobre la mesa–. ¿Me dormirás si no te doy lo que quieres?
Bjornest también se quitó el enlace y dijo, con mucha tranquilidad:
–Si no me lo das, no necesitaré dormirte. Me bastará con partirte la cara.
Futura agarró fuertemente su mano. ¿Podía tener miedo a una pelea la misma niña que había presenciado la sangre en el Coliseo? No, quizás no fuera por la pelea en sí. Quizás era por su padre. Antes de que ninguno de los dos dijera o hiciera nada, un policía entró agitadamente en el despacho:
–¡Capitán! ¡Se ha reestablecido la Malla!
Éste le miró como si se tratara de un perro parlante.
–No he dado orden.
–¡El ansible se ha vuelto loco! No reacciona a nuestras órdenes. Además, ¡debería ver lo que está emitiendo!
III
No había crimen en Magna ORIGEN. Por ello, tampoco había cárceles, celdas o prisiones. Si, por cualquier motivo, las fuerzas del orden querían mantener detenido a alguien, sólo podían meterle en alguna habitación de hotel, rodeado de lujos, vistas y tanto espacio como pudiese imaginar. Incluso así no solía ser necesario desalojar toda la planta.
El hotel en concreto era el Alejandro-Margarita IV, sito a unos mil metros de la plaza de gobierno y a mil seiscientos metros de la muralla. A dos kilómetros de la estatua del fundador, y a más de siete kilómetros del parque de los sauces. Era, pues, un establecimiento modesto, barato y, sobre todo, alejado. Lo bastante como para establecer un perímetro de seguridad a su alrededor con una trinchera antitanque, puestos portátiles de vigilancia cada veinte metros y nidos de ametralladoras láser sin que llamara demasiado la atención.
Tantas precauciones despertaron la imaginación de Golem. Ni siquiera para detenerle a él sería necesario un dispositivo tan contundente. En el asiento de al lado, Primera se había olvidado de respirar.
–Lleva aquí unas siete horas –explicó un uniforme gris, seguramente con un hombre dentro, cuya cabeza de expresión insípida asomaba sobre la chaqueta–. Fue detenido en Genuina Romana, Andrómeda, por –revisó un papel– el equipo de Gargol 38. Apenas hemos tenido tiempo de montar el aparato de seguridad, como pueden ver...
–¿Qué aspecto tiene? –preguntó Primera.
–Lo siento mucho. Nadie me ha facilitado esa información. Su imagen de por si ya es alto secreto. Por cierto –miró a Golem-, enhorabuena por lo de la maniobra. ¡Todos aquí estábamos con vosotros!
El interpelado levantó una mano en gesto de reconocimiento. Realmente no le apetecía rememorar las horas que pasó colgado de una lanzadera en el espacio, aunque le emocionó el comentario.
A la entrada del área de seguridad, una puerta en la verja les detuvo el paso. Un agente –no era de la P-0, sino del propio ejército–, confirmó sus identidades y les dio acceso. La puerta se deslizó sobre unos raíles, dejando un diminuto hueco por el que pasar. Habría que seguir a pie; al fin y al cabo, estaban ya en los aledaños del edificio.
Se trataba de una construcción anodina, para lo que era el estándar de la Ciudad Imperial. Apenas veinte pisos de altura, una piscina y una pista deportiva. Más soldados les interceptaron en el interior. En el hall les quitaron sus enlaces coronales y les hicieron ponerse unos rudimentarios enlaces militares. Nadie trató de negar su utilidad: eran dispositivos espía. A través de ellos, el ejército tendría acceso a lo que fuera que dijeran al detenido o, más importante aún, a lo que dijera éste. Si es que le quedaban cuerdas vocales.
–Tengo curiosidad –dijo el hombre de gris–. ¿Han pensado ya como le interrogarán?
–Tengo algunas ideas.
–No son los primeros que lo intentan. Un señor de inteligencia se pasó aquí cuatro horas sin resultado. Al salir, estaba pálido. Sólo decía "inhumano" una y otra vez. Así que, ¿Que harás? ¿Le intimidarás con Golem? –dio unos golpecitos en el hombro del gigante.
–¿Estaremos solos? –preguntó Primera.
La brusca pregunta enmudeció al agente, que sólo acertó a asentir con la cabeza y mirar cómo la pareja se metía en el ascensor.
Dentro del cubículo toparon con otros dos soldados. La seguridad empezaba a ser exasperante, pensó Golem. Una cosa era el detenido, y otra, ellos. ¿Para qué necesitaban esa escolta permanente? Si es que era en verdad una escolta.
El ascensor se detuvo en la vigésima planta. "Claro", pensó Golem. La última. Si el detenido lograse escapar de su celda, la suerte se le acabaría necesariamente antes de llegar al nivel de la calle. Avanzaron por el largo pasillo. Las habitaciones estaban ocupadas por mecanismos automáticos de detención y soldados armados. También había militares de paisano y gente de Inteligencia. El soldado mostró su identificación y confirmaron la orden venida desde abajo. Uno de los miembros de inteligencia, que se presentó como Hinher, les asaltó.
–El grande, tú. Deberías hacer de poli malo. Y la señorita, de poli bueno.
–Usaremos otra táctica, gracias –dijo cortante, Primera.
–Sobre todo, no dejéis que os intimide –murmuró. ¿Sería él el hombre que estuvo intentándolo durante cuatro horas?
La puerta de la habitación había sido arrancada y sustituida por dos hojas de metal. Golem suspiró al verlo. Por primera vez en mucho tiempo no tendría que agachar la cabeza al pasar. Ni siquiera llegaría al dintel con la mano extendida. ¿Qué diablos habían metido allí dentro?
Las puertas se abrieron revelando una segunda compuerta a dos metros de distancia. Le recordó al sistema de la fanzui en Capicúa. Una medida de seguridad adicional, como una exclusa. Se estremeció. Aquello no parecía una prisión, pues quienes tenían miedo eran los que estaban fuera. Por un momento le vino a la mente pensar que, en realidad, eran ellos los que estaban encerrados fuera, los que habían sido encerrados por el detenido. A todos los efectos, cuando entrasen estarían a merced de lo que fuera que hubieran metido ahí dentro.
Pasaron a la habitación intermedia y la primera compuerta se cerró, sumiéndolos en la oscuridad. Golem pensó en su táctica. Una vez se abriese la segunda estarían solos. Apretó los puños.
La segunda compuerta comenzó a abrirse, dejando entrar un fantasmal halo de luz, casi más oscura que la oscuridad. El detenido había tapado todas las entradas de luz. De hecho, lo único que vieron fue un diminuto punto brillante a una distancia incalculable. Se abrió otro justo al lado. Luego, otros siete.
–¡Veo veo! –dijo lentamente una voz aflautada y dulce–. Un hombre de jengibre y algodón de azúcar; me dijeron que me darían chucherías si me portaba bien –siguió un sonido ronco. Ese seria el sonido que produciría una manada de tiranosaurios, si tal cosa hubiera podido existir –... y he sido una niña buena.
La presentación, así como la fundación de Abismo, habían terminado y los agentes esperaban nuevas órdenes, ya fuera de los nuevos directores o del propio Blackstar. Fue el ministro quien exigió la presencia ante él de dos agentes concretos.
–Tengo una misión para vosotros –dijo, con una sonrisa–. Digamos que es una misión hecha a vuestra medida.
Golem frunció el ceño, intentando discernir si se trataba de una burla.
–¿Qué? –Primera estaba anonadada–. Hace años que no participo en una misión. Mi tarea...
–Tu tarea ha dejado de tener sentido con los recientes descubrimientos –cortó Blackstar–. En primer lugar, debéis entrevistaros con un sujeto... digamos... especial. Es un antiguo miembro de CIMA. En realidad, sigue siendo miembro de CIMA, aunque le hemos apresado.
–¿Es de confianza? –Golem no estaba seguro.
–En absoluto, pero es nuestra mejor opción. Nuestra única opción. Os daré la acreditación militar que necesitaréis para hablarle. Sobre vuestra misión... ¿veis a esos hombres? –señaló a la sala abarrotada de agentes–. Todos tendrán misiones interesantes. Unos más, otros menos. Pero todos buscarán el Planeta Errante. Vosotros, en cambio –su sonrisa desapareció– sois idóneos para una misión que proyectábamos hace tiempo.
–Ministro. Somos al menos tan inteligentes como usted –dijo Primera–. Así que, por favor, vaya al grano.
–Saldréis del Dominio.
–No nos comerás hoy –dijo Golem mientras se quitaba la mascara y activaba los faros.
Lo primero que vieron fue una confusión de fauces, patas terminadas en garras y tentáculos terminados en unas garras aún más largas. La mole de carne y cuerno yacía cubierta de cadenas, como si fuera un extraño tumor en la sala central, a sólo quince pasos. Daba la impresión de que quienes lo encadenaron no sabían muy bien cómo hacerlo: las cadenas pasaban y daba varias vueltas por la masa cubierta de un fino vello, agarraban un tentáculo, una pata o un ojo pedunculado, y se clavaban en la pared.
Para su horror, la criatura se irguió, y fue soltándose las cadenas una a una, como una coreografiada y terrorífica bienvenida.
–Te han hablado de nosotros –dijo Primera–. Unos tipos de la anti-CIMA que venían a interrogarte. ¿Verdad?
Erguido, daba en el techo con la parte superior de lo que debía de ser el lomo. Los tentáculos frontales más largos terminaban a media distancia a Golem, y eso sólo porque no los había extendido por completo.
–Quizás haya oído algo –la voz salía de una arruga situada entre dos de los ojos más bajos. Aquella zona tenía un inquietante parecido con una cara humana–. De todos modos, tengo curiosidad por conocer vuestro sabor. Seguro que estáis rellenos de nata, caramelos y monedas de chocolate... –sus largos tentáculos se aproximaron al rostro de Primera. Terminaban en finas agujas.
Golem dio un paso al frente, agarró uno de los tentáculos y lo retorció con intención de romperlo. Tenía la consistencia del plástico y la resistencia del acero. Al notar el tirón, la bestia produjo un sonido arrítmico que podría asemejarse a una risa.
Primera se quitó el enlace militar, e hizo una seña a Golem para que hiciera lo mismo.
–No hemos venido a pelear, ni mucho menos a divertirte. Estamos aquí para liberarte.
–¡Piratas! –enfatizó el ministro–. En una nebulosa pirata de la galaxia Margarita XLII, una de nuestras escasas posesiones en el lejano cúmulo de Virgo, nuestros espías han encontrado algo extraño. ¿Recordáis cuando dije que no existe más vida inteligente en el Universo que la nuestra? Bien: mentí de nuevo. Debe de ser consustancial a mí –se rió de nuevo.
La masa de tentáculos se detuvo al escuchar la palabra “liberarte”. En algún lugar dentro del saco de carne acorazada, un enorme cerebro calculaba los cientos y miles de posibles repercusiones y líneas futuras que implicaba esa palabra. Golem soltó el tentáculo lentamente, sin perder de vista las agujas que brotaban de él, ni las pequeñas gotas que se aglomeraban en sus extremos.
–¿Liberarme? –dijo con voz extrañamente aguda mientras se acercaba–. ¿Me dejaréis montar en el tiovivo? Adoro las atracciones y el sonido de las vuvuzelas. Pero no creo que agencia vaya a permitirlo; sobre todo porque perdió a doscientos hombres por mi captura –extendió nuevos tentáculos de longitud inverosímil hacia Golem.
–No será gratis.
–¿Entonces? –la bestia sonaba divertida. Golem agarró el extremo de los tentáculos para restarles movilidad, pero otros surgían de entre ellos–. ¿En cuánto valora el gobierno la vida de sus agentes? –preguntó con voz melosa.
–Tendrás que acompañarnos en una misión –siguió Primera–. En caso de que no quieras acompañarnos, ya sabes lo que te espera: el Tártaro...
–...el cuarto donde encierran a los niños malos –la criatura rodeó a Golem con los gruesos tentáculos que salían de su zona frontal, inmovilizándole brazos, piernas, tronco y cuello–. Allí tengo algunos amigos...
–Pues, si no quieres reunirte con ellos... ¡pero suelta a Golem! Eso está mejor. Si no quieres reunirte con ellos, digo, tendrás que formar parte de la misión.
–Muy bien, jefa –dijo la criatura, soltando definitivamente a Golem–. Pero, ¿cómo os aseguraréis de que no me fugaré durante la misión esa?
–Vida alienígena, inteligente, ajena a nosotros... ¡que no paga impuestos al Dominio! Eso es intolerable –el ministro emitió una risa estúpida–. El problema es que, a la luz de los últimos hallazgos respecto al Planeta Errante, no podemos estar seguros de que se trate de alienígenas, y no de agentes de la nueva CIMA, completamente modificados.
«¡No lo sabemos! Si fuera lo segundo, arrasaríamos el planeta inmediatamente con armamento nuclear. Pero no podemos arriesgarnos a destruir una especie inteligente e inocente, por no hablar de la pérdida en términos de diversidad cósmica que sufriríamos. Necesitamos gente allí. Gente que pueda estudiarlos si son inocentes y que, en caso contrario, sobreviva el tiempo necesario para enviarnos un mensaje confirmatorio. Tipos duros –dio un golpecito en codo de Golem, pues no habría llegado al hombro–, tipos listos –intentó tocar la frente de Primera, pero ésta le esquivó.
–¿Y para qué necesitamos al agente de CIMA ese?
–Si el planeta está en posesión de CIMA, él... ella... ¿ello? será vuestra única posibilidad de sobrevivir.
–¿Y cómo podremos estar seguros de que... bueno... de que no nos matará por el camino?
–Porque te vamos a meter una bomba en el cerebro –respondió Primera.
–La bomba estará conectada a los latidos de vuestros corazones... o lo que sea que tengas tú, Golem –explicó el ministro–. Si cualquiera de vuestros corazones se detiene... ¡BUM!
–...Me gusta. ¡Me gusta! –la criatura emitió su extraña risa–. Sellemos nuestro pacto chocando esos cinco –extendió uno de sus tentáculos. De él sobresalían las agujas cargadas de veneno.
Primera y Golem volvieron a ponerse los enlaces militares. Oyeron en sus cabezas muchos gritos e imprecaciones. Debían de estar muy disgustados allí fuera por su falta de colaboración. Pero, al salir, descubrieron que la causa de la algarabía era otra:
–Se ha reestablecido la Malla –decía uno.
–¡Joder! –soltó otro–. ¡Alíichi ha vuelto!
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